
Ay, si la nieve cayera deprisa, cuantos cuerpos, se teñirían de blanco.
He visto cambiar el curso de la historia, como cambia el movimiento del Mar. He visto crecer a mi amada Madrid, como la semilla se hace fruto, pero ante todo he visto caer a miles de personas. Vi mi pasado, sentí mi presente, y creí en ese futuro, ese que no llegaría a acariciar tan siquiera con la punta de los dedos.
Le vi. Si le vi. Pero este, sólo me miró. No me dio ni las gracias. Se fue. y yo corrí tras él, para llamarle. No me respondió. Me dejó perdido en mi presente, ese que siempre sería mi pasado, y nunca mi futuro.
Le perdí el día que jugué con un niño a la pelota.
Estaba sentado en un banco, cuando le vi. Sus ojos verdes como la esmeralda que llevaba la cruz de mi colgante. Su cabello negro como el mío. Su piel blanca como la nieve, que ahora mismo caía. Esta, se posaba en sus hombros. En su cabello. En sus manos. Pero nunca manchaba su cuerpo. El niño, acariciaba los copos con las yemas de los dedos, y a mí, estos se me antojaron una mariposa. Un espejismo.
Si. Aquel niño, se me antojó un espejismo.

Parecía como si entre los dos, hubiese un enorme cristal. Un enorme espejo. Si yo me llevaba la mano a la nuca, él lo hacía. Si él, se arrascaba la mejilla, yo lo hacía.
Los dos iguales.
Yo, leía el periódico, mientras que el niño, sostenía una pelota de peluche en las manos. Mis labios temblaban a causa del frío, pero él, no. Él, no tenía frío. A pesar de que llavaba puesto una camiseta fina y un pantalón de chándal.
Me miró. Sus ojos fijos en los míos. Los míos, fijos en la melancolía que despedía su joven mirada. Una mirada inocente.
Entonces, se sentó a mi lado. Le seguí con la mirada. Cada paso que daba. Cada mirada que acariciaba cada lugar de aquella calle nevada.
Aún sostenía la pelota entre las manos. Me miró sonriendo, y me habló. Su voz, resonó en mi mente, como el eco de una campana celestial:
-¿Juegas?-me preguntó.
No sabía que responderle. Le miré una vez más. Su sonrisa seguía intacta en su rostro. Por los siglos de los siglos. Aquel niño, de la sonrisa eterna, que se me antojó un Ángel.
No llegaba a los trece años. Era un niño.
Asentí, sin saber porque, cerré el periódico, y me puse de pie. El,también lo hizo. Se llevó la mano al bolsillo, y yo, también lo hice.
No había nadie en aquella calle alejada del Mundo. En aquel callejón, en el que la nieve se volvía nata, y lo dulce amargo.
El niño, me lanzó la pelota, y yo, la cogí entre mis manos. Una pelota azul algo rota, pues era de peluche. Jugaba con aquel pequeño, sin darme cuenta de lo que en verdad estaba haciendo. El niño, me miraba. Sus ojos, soñadores. Llenos de vida. Inocentes.
Le tiré la pelota, y así varias veces.
Los dos, reíamos, en aquel juego, en el cual más de uno se llevó un golpe.
Entonces ocurrió.
La pelota rodó hacia la carretera. Y yo, corrí tras ella.
La acaricié con la punta de los dedos, cuando escuché el ruido de un coche, un grito, y después un fuerte golpe en la espalda.
Después todo se volvió oscuro. No había nada. De la Luz nació la Oscuridad. Y el Todo, se volvió Nada.

Te preguntarás, que razón tiene esta historia.
Pensarás que soy un loco sin sentido, o tal vez es que no lo has entendido. ¿O si? ¿De verdad que lo has entendido?
Vas a llegar al caos de esta historia, jugando conmigo…
¿Qué es aquello que es bello entre lo bello, y que nunca vuelve?
¿Qué es aquello que podemos cambiar si no cumplimos un destino?
¿Qué es aquello que siempre te coge la mano, y que aún así, nunca puedes tocar?
Piensa en quien es ese niño. En quien es ese hombre. Pero ante todo piensa, en quien soy yo, y llegarás al final de mi historia.
Piensa todas estas respuestas, antes de llegar al final de mi historia. Y cuando creas que lo tienes resuelto, pasa a la siguiente hoja.
¿Ya lo has adivinado?
Ese niño que jugaba a la pelota era yo. Ese hombre que iba a leer el periódico, era yo.
Ese niño que jugó a la pelota, en un Tiempo no debido, era yo. Ese hombre que nunca leería el periódico, sentado en un banco de un callejón era yo.
Mi presente. Mi futuro. Mi pasado.
Tenía sólo doce años, cuando mi madre, me arropó como todas las noches. Me dio un beso en la frente. El último. Y las buenas noches.
Me di la vuelta, apagué la luz de la mesilla de noche, y cerré los ojos. Se que mi madre me sonrió aquel día, pues siempre lo hacía, pero por desgracia no lo pude ver.
Me quedé dormido enseguida, pues era viernes, y después de una larga semana escolar, estaba agotado.
Abrí los ojos, en un lugar que ya no era mi cama. Un lugar al que todos viajamos mientras que dormimos.
El Mundo de los sueños, o al menos, eso creía yo.
Llevaba la pelota con la que estaba dormido, en las manos. Eso no era algo normal en un sueño. La misma ropa con la que me había acostado. Una camiseta fina, y un pantalón de chándal.
No tenía frío, a pesar de que en aquel sueño, estaba nevando.
Vi que había un hombre, sentado en un banco. Un hombre de más de treinta años de edad. Leía un periódico. Me miró.
Sus ojos esmeralda, se me antojaron extraños. Una mirada extraña. Su cabello negro como el mío. Su piel blanca como la nieve, que mojaba su cuerpo.
Si. Era extraño. Aquel joven se me antojaba diferente al resto de jóvenes que conocía. No se. Él, era diferente.
No dejaba de mirarme. Yo a él, tampoco.
Entonces, de pronto, me acerco. Me siento a su lado, y le preguntó:
-¿Juegas?
El muchacho asintió, después de mirarme.
Los dos, nos pusimos de pie, y comenzamos a jugar, entre risas, a causa de los golpes que nos dábamos al lanzarnos la pelota, esa que llevaba conmigo desde el día de mi nacimiento.
Entonces ocurrió.
La pelota rodó hacia la carretera.Y el muchacho, corrió tras ella.
Él joven, no se percató de que venía un coche tras él. Yo si. Por eso, grité, y eché a correr. Alcancé su espalda con la punta de los dedos, y le empujé.
Le salvé la vida, pero aquel coche, acabó con la mía.
Fui estúpido. Morí por salvar mi futuro.
Aquel joven era yo, años mayor. Ese momento, que nunca llegaría a ocurrir, porque aquello no era un sueño, sino una realidad. Un viaje en el Tiempo.
Yo, había dado la vida por salvar a aquel joven. Por salvarme a mí mismo. Que ridículo, ¿verdad? Podría haber dejado que ese coche le pasase por encima, y no hubiese pasado nada, pues era un futuro que podía llegar como que no.
Pero le salvé la vida, a él, y fui tan estúpido de no darme cuenta de que había matado a los dos.
Había matado mi presente, y destruído mi futuro, con mi muerte.
Había sido un títere del Tiempo. Uno de sus muchos títeres.
Después, abrí los ojos, y vi mi cuerpo tirado en la carretera. Sólo, sobre la nieve. Me puse contra una pared, y recé para despertarme de aquel sueño, que nunca tendría despertar, pues me había quedado muerto en el futuro, y yo, pensaba que era un simple sueño, que tendría un final feliz, cuando al despertar por la mañana, mi madre, me diese un beso en la mejilla, con una sonrisa en los labios, como cada día.
Pero no. Ese momento, nunca llegó. Yo no volví a abrir los ojos, y mi madre nunca supo que pasó conmigo, pues mi cuerpo se quedó en el futuro, al igual que mi alma, la cual se quedó perdida en ese Tiempo futuro, al cual nunca llegaría conmigo.
Has visto lo que hice, y por lo que morí, así que espero, que tú no hagas lo mismo, y que si esa persona a la que ves, te parece un espejo, no la salves la vida, pues seguramente, serás tú años mayor. Preocura asugurarte de que no eres tú, antes de actuar, pues sabes muy bien que Jugar con el Tiempo, es muy peligroso.
Yo, un día, Jugué con el Tiempo, pero ante todo, Jugué con mi Muerte.
Y espero, que tú, el día en el cual Juegues con el Tiempo, no te salves la vida, en ese futuro, el cual todavía no ha llegado.
Pues desde mi Tiempo, te vigilaré siempre.


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